Lali
E
staba rodeada por la oscuridad y
el tamborileo fuerte y
constante de un corazón latiendo. Se hizo
cada vez más
fuerte; tan fuerte que estaba segura de que mi cabeza
iba a
explotar por el fuerte golpe resonando... resonando
continuamente... yo no podía
entender lo que estaba pasando. No
podía ver, sentir, saborear ni oler nada. Mi
único sentido activo
era mi audición y estaba abrumado por el ruido de ese
misterioso
latido.
Estaba segura de que me estaba
dirigiendo directo al borde de la locura,
cuando un súbito estallido
de luz me distrajo, amenazando con cegarme. Tomó un
par de segundos
para que mis ojos se acostumbraran a la luz. Fue entonces cuando
lo
vi. Peter. Él estaba mirándome, el rostro pálido y los ojos sin un
ápice de
simpatía.Cayó al suelo,sus penetrantes ojos azules
abiertos y completamente en
blanco. Me di cuenta de cuál era la
causa de su fallecimiento cuando vi el enorme
agujero donde solía
estar su corazón.
Me di cuenta de que los latidos del
corazón haciendo eco venían de detrás
de mí... cada vez más
cerca... luego vino el sonido de una risa y la sensación de una
fría y amenazadora respiración en mi cuello. Fue seguida por un
susurro, no, un
silbido, apenas audible. Sin embargo, el miedo
comenzó a envolverme y el pánico
corrió por mis venas, porque
escuché las palabras de la serpiente fuertes y claras.
—Tú eres la siguiente.
Luego vino el sonido del romper de
las olas.
***
Fue la marea alta
lo que me despertó y me rescató del ruido ensordecedor
de los
latidos del corazón de Peter y el fétido sonido de las palabras que
salieron
de la boca de la serpiente. Mi pulso estaba al doble de su
velocidad normal y apenas
podía respirar. Al principio, pensé que
mi cara estaba húmeda solo debido a la
cálida ola de agua salada
que acababa de resbalar sobre mí. Estaba equivocada,
porque
rápidamente me di cuenta de que las lágrimas corrían por mi cara.
Un nombre resonaba
en mi mente: Peter.
Había estado tan
acostumbrada a despertar en su cama que encontré
alarmante mi
entorno. Parpadeé varias veces antes de que me diera cuenta de que
el sol estaba a punto de elevarse sobre el horizonte.
El sol.
Eso fue suficiente
para que me sacudiera a la realidad de que ya no estaba
en La
Sombra, porque allá en la isla, el sol nunca se alzaba. Era una
noche sin fin.
Si no hubiera sido por mi pesadilla, habría adorado
esa salida del sol. Sin embargo,
mi ansiedad por Peter robó toda la
alegría de mi reencuentro con el sol.
Aunque el sol no
logró aliviar mis nervios, tuvo éxito en amortiguar mi
confusión
inicial y traerme de vuelta a mis sentidos. Regresó mi habitual
estado de
ser: terriblemente consciente.
En La Sombra,
Corrine, la bruja que mantenía el hechizo protector de la
isla,
comenzó a tomar un interés especial en mí después de que
Benjamin me atacó por
primera vez y mató a Gwen. Habiendo sido una
estudiante de psicología antes de
que los vampiros la llevaran a La
Sombra,me diagnosticó con inhibición latente
baja, o ILB. Era
incapaz de filtrar la mayoría de los estímulos externos.
Significaba
que podía percibir todo, sentir todo. Me preguntaba si
ésa era la razón de que mi
madre se volviera loca y la apartaran
de mí, al parecer, solo las personas con un
cierto nivel de IQ
podían manejar la ILB sin enloquecer.Yo estaba acostumbrada
a mi
condición ahora.No era tan abrumadora como solía ser cuando era más
joven.
La vista de los
naranjas y amarillos del sol lentamente se levantaron sobre
los
azules y verdes del océano; el sonido de gaviotas graznando y las
olas rompiendo
contra la costa; el regusto salado del agua de mar
mezclada con lágrimas; la
sensación de la suave arena bajo mis
pies y la brisa fresca soplando contra mi piel;
el olor del mar
mezclándose con el aire fresco de la mañana, estaba al tanto de
todo.
Era consciente de
que alguien se me estaba acercando por detrás.
Gas, estoy segura.
Sensación tras
sensación me asaltó, y sin embargo mi mente seguía fija
principalmente en la forma en que Peter había lucido en mi sueño:pálido,
distante... sin corazón. Temblando, atraje mis rodillas
contra mi pecho,
amontonando arena de la playa bajo mis talones.
—Peter, por
favor, está bien. Mantente bien... —susurré, esperando que
la
brisa de la mañana llevara el mensaje de nuevo a La Sombra y le
hicierta saber
que todavía estaba pensando en él.
—¿Por qué todo
el susurro?
Gas lucía a gusto
y relajado por primera vez desde que nos descubrimos el
uno al otro
en La Sombra. Aun así, incluso con el tono más ligero, cada palabra
que
decía venía con una pesadez que no podía sacudir por
completo. Él se dejó caer a
mi lado.
—¿Dónde crees
que estamos? —preguntó.
—Estamos en Cancún. —No tenía
ninguna duda de ello—. Tiene sentido
para ellos regresarnos a
donde nos encontraron.
Le Meridien.
Ese era el resort en el que nos alojábamos cuando nos
secuestraron
los vampiros. Los Dalmau eran capaces de pagar las tan esperadas
vacaciones debido a la importante suma de dinero que mi padre enviaba
para
mantenerme. La última vez que lo vi fue cuando me dejó bajo
el cuidado de su
mejor amigo, el padre de Gas,Pedro Dalmau. Eso fue
hace ocho años. La única pista
que tenía de que aún estaba vivo
en algún lugar era el cheque trimestral que
enviaba a los Dalmau
para continuar cuidándome. El cheque ni siquiera era
enviado a mi
nombre, casi como una burla: un doloroso recordatorio de que mi
propio padre había olvidado voluntariamente mi nombre.
Los recuerdos de
nuestras vacaciones pasadas en las dulces playas del
Mediterráneo de
México se sentían como si hubieran ocurrido hace toda una vida,
a
una versión diferente de mí misma. Los celos que sentía sobre Gas
saliendo con
la hermosa rubia,Tanya Wilson, parecían frívolos y
superficiales. Incluso mi
rencor hacia mis padres parecía importar
menos a la luz de lo que había estado
atravesando.
Miré a Gas,
recordando una época en que prácticamente adoraba el suelo
que
pisaba. Mi caliente y popular mejor amigo el mariscal de campo, con
su
encantadora sonrisa y su piel bronceada... El joven hombre
sentado a mi lado no
era nada de eso.
—¿Qué hacemos
ahora? —pregunté.
Estábamos tan
decididos a escapar de La Sombra, que en realidad nunca
pensamos
acerca de lo que íbamos a hacer una vez que saliéramos. Nos llevó
al
menos medio minuto antes de que Gas finalmente respondiera con
un
encogimiento de hombros.
—Por ahora, no
creo que haya nada más que hacer aparte de ir a casa.
—Cierto —asentí,
preguntándome a mí misma exactamente dónde estaba
mi hogar.
La idea de volver
a los suburbios de California, de vuelta a casa de la
familia
Dalmau, me puso enferma del estómago. Ese lugar nunca se sintió
como
casa para mí—. Pero no creo que esté lista para volver
todavía, Gas.
Me sentí aliviada
cuando él asintió con la cabeza y dijo:
—Yo siento lo
mismo.
Un cómodo silencio siguió, los dos nos centramos en el sol y
su lenta y
constante salida.
La vista era magnífica, pero no fue suficiente distracción para
aliviar todos los pensamientos conflictivos deambulando en mi
cabeza.
—Tal vez
deberíamos quedarnos aquí por un día o dos, recobrar nuestra
sensatez sobre nosotros... —sugirió Gas—. Entonces podemos ir a
casa.
—Suena bien para
mí.
Entonces puse más
atención a lo que llevaba puesto. El bikini y el pareo
eran la
misma ropa exacta que había estado usando cuando Benjamin me sacó
de la
playa y me llevó a La Sombra.Eché un vistazo a lo que Gas
llevaba: un chaleco
negro y pantalones cortos de color rojo. Me
pregunté si eso era lo que tenía cuando
fue sacado de la playa.
¿Nos devolvieron aquí sin nada más que la ropa que llevabamos?
Como
si estuviera leyendo mi mente, una sonrisa se formó en la cara de
Gas.
—Relájate —dijo,
pero entonces una expresión sombría reemplazó
rápidamente su
sonrisa—. Ellos no nos dejaron con las manos vacías. —Asintió
con
la cabeza hacia un lugar más abajo en la playa.
Seguí su mirada y
pude divisar una mochila negra sobre la arena. Di un
suspiro de
alivio. Estaba desconcertada por el ceño fruncido en el rostro de
Gas.
¿Por qué luces tan enojado? Deberías estar feliz que no
nos enviaran aquí con las
manos
vacías.
—¿Has visto lo
que hay en ella?
Él negó con la
cabeza.
—No estoy
exactamente muy emocionado por averiguar lo que les debo
ahora.
Tú y tu ego.
Era como si Gas fuera demasiado orgulloso para aceptar ayuda
de
nadie. Aunque, por supuesto, el hecho de que esta ayuda viniera de
los vampiros
que lo pusieron en el infierno hacía todo mucho peor.
Los horrores por los que
pasó en La Sombra se alzaban
constantemente sobre él... sobre nosotros.
—Vamos a ver con
qué tenemos que trabajar. —Rápidamente me acerqué
a la mochila,
más preocupada por nuestra situación actual que cualquier orgullo
roto que pudiera tener acerca de aceptar la ayuda de los vampiros.
Ya había alcanzado
la mochila cuando me di cuenta de que Gas ni siquiera
se molestó a
seguirme. Me arrodillé en el suelo y comprobé el contenido de la
bolsa.
Había solo unos pocos elementos: dos juegos de ropa, uno para
Gas, uno para mí,
un gran fajo de dinero en efectivo y un sobre
cerrado con mi nombre en él.
Satisfecha de que teníamos lo
suficiente para sobrevivir, cerré la bolsa y me la colgué al hombro
antes de regresar con Gas.
—¿Entonces?
—preguntó.
—Tenemos ropa y
probablemente suficiente dinero en efectivo para
conseguir un vuelo
de primera clase desde México a... no sé... ¿la India? Ida y
vuelta. Dos veces.
Estaba esperando
que él estuviera por lo menos un poco aliviado, pero no...
Todo lo
que hizo fue burlarse de la generosa suma que nos habían dado.
—Ellos nos tiran
sus restos y esperan que estemos agradecidos por ello. Eso
es en
absoluto suficiente teniendo en cuenta lo que nos hicieron
pasar.
Sabía que él tenía razón y quería estar de su lado, pero
no importa lo mucho
que lo intentara, no me atrevía a odiar La
Sombra tanto como él lo hacía. En ese
momento, no me atrevía a
preguntarme por qué.
—¿Así que eso
es todo lo que hay? —preguntó Gas, mirando la mochila
como si contuviera
un veneno mortal.
Pensé en el sobre dirigido a mí. Entonces
asentí.
—Sí. Eso es todo.
Un momento de
tensión se produjo antes de que él pateara la arena bajo
sus pies
y dijera entre dientes:
—Está bien.
Vamos a ir y satisfacernos a nosotros mismos, utilizando la
oh-
tan-generosa fortuna que nos enviaron.
Mientras él se
dirigía hacia los lujosos resorts que se alineaban en las playas
de
arena blanca, me quedé atrás el tiempo suficiente para mirar hacia
atrás en el
océano y susurrar:
—Gracias, Peter.
Subii mas porfaaa
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