sábado, 26 de abril de 2014

Capitulo 11


Benjamin
Sin aliento, Paula y yo rodamos a nuestro lado en su enorme cama de dosel. Saqué mi mano de debajo de su desnuda forma, para sentarme en el borde de la cama y alcanzar la mesa donde había dejado un paquete de cigarros.Me levanté, apoyándome contra la cabecera de la cama antes de encender un cigarro.
Podía sentir los ojos de Paula en mí. Ella era la chica a la que recurría cuando necesitaba un revolcón rápido en la cama. Servía bien para su propósito. Por supuesto, todo el tiempo que estuvimos follando, no era Paula la que estaba en mi mente. Era Lali.
La esclava de mi hermano se las había arreglado para grabarse de forma permanente en mi subconsciente desde el momento en que puse mis ojos en ella y me encontré deseándola, solo para darme cuenta que nunca podría ser mía. Cuando finalmente conseguí probar su sangre, fui una causa perdida. No podía sacármela de la cabeza. Esa frágil ramita.
—Dicen que Peter ha sacado a Cameron en una caza a gran escala. Te están cazando mientras hablamos. —Paula de seiscientos años rodó su cuerpo de diecisiete sobre la cama por lo que estaba tumbada sobre su estómago. Agarró el cigarro que yo acababa de encender antes de que pudiera empezar a fumarlo y le dio una buena y larga calada.
Le miré, notando la diversión en sus ojos.
—Estás disfrutando con esto, ¿no?
Ella rio.
—Sabes que lo hago. ¿Puedes culparme? Tú cazando la preciada y pequeña mascota de Peter... Peter cazándote a ti... Tú, príncipe de la Sombra, su mismísima Alteza Real, escondiéndote conmigo, preparado para mi cama cuando quiera. —Me miró con intención antes de decir con habilidad—: Cómo han caído los valientes.
Le fruncí el ceño, pero no era como si estuviera en posición de discutir sus ilusiones.
Tanto si me gustaba como si no, estaba a su merced. Odiaba deberle algo a Paula, pero ella era la única persona en la Élite cuya depravación y egoísmo podían igualar, tal vez exceder, los míos. Nos habíamos cubierto mutuamente durante siglos simplemente porque nos permitíamos complacer nuestros lados oscuros. Infiernos, ni siquiera estaba seguro de si Paula tenía un lado que no
estuviera hecho de pura maldad. De lo que estaba seguro era que no me traicionaría entregándome a Peter.
Encendí otro cigarro y lo presioné contra mis labios.
—¿De verdad crees que Peter podría matarte? —preguntó Paula.
—Lo iba a hacer. Pude verlo en sus ojos. La chica humana le detuvo.
—Oh, eso es rico. Ella te salvó. Ahora, le debes tu vida.
—No le debo nada. —Eché humo, molesto por a dónde estaba yendo la conversación. Fui yo quien encontró a Lali. Se suponía que tenía que ser mía. Tenía el derecho de hacer con ella lo que me placiera.
—Si tú lo dices... Sea como fuere, no puedes seguir escondiéndote aquí para siempre. ¿Qué piensas hacer ahora que te están cazando?
—No lo sé. —Siempre podrías escapar...
—¿Ah sí? ¿E ir a dónde? —Le di otra calada al cigarro. Paula ya había tirado el suyo.
—Bueno, solo hay otro clan que lo tiene tan bien como nosotros.
Me burlé de la implicación.
—De ninguna forma.
—¿A dónde más vas a ir? El Oasis es la única opción lógica.
Entretuve un momento la idea en mi mente. Encontré la perspectiva atractiva por dos razones: ver el legendario Oasis, y finalmente conocer a la mujer que era la mano derecha de Borys, Ingrid. Se rumoreaba que ella poseía una belleza sin igual.
—Aunque a la perspectiva de finalmente poner mis ojos sobre la misteriosa mascota que Borys acaba de añadir a su clan no le falta su encanto, debes haberte olvidado de quién soy, Paula. Soy Benjamin Lanzani. Lanzani. Los Martinez tendrán mi cabeza en el momento en que mis pies toquen el Cairo.
Paula se encogió de hombros.
—Bueno, realmente no es mi problema, ¿no? Todo lo que sé es que tienes que salir de aquí tan pronto como sea posible, porque si se enteran que estoy ayudando y encubriendo a un criminal, estoy segura de que Peter no dudará en arrancarme el corazón.
Le di una mirada cautelosa. Paula... una amiga tan simpática. Tiré mi cigarro a un cenicero cercano y me volví hacia ella. La empujé hacia atrás por lo que estuvo tumbada en la cama.
—A veces, me pregunto dónde está tu lealtad, Paula.
—Eso es fácil. —Sonrió—. Soy leal a mí misma.
—Por supuesto que lo eres. —Puse los ojos en blanco—. Estaré fuera de aquí en poco tiempo, Paula, pero por ahora. —La besé profundamente. Sabía a sangre y nicotina. Me distraje con los placeres que ella me daba una vez más. Sabía que todavía tenía un par de días. El peligro real era cuando la impetuosa y loca vampira morena que estaba debajo de mí se aburriera. Hasta entonces, me mantendría a salvo. Hasta entonces, escapar podía esperar.

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