Peter
Ella parecía tan tranquila, tan
serena, tan inocente mientras la llevaba hacia su habitación y la
tumbaba sobre su cama. Ninguna otra mujer —y créeme cuando digo
que había estado con varias— tuvo el mismo efecto que Lali
Esposito tenía en mí. Era frágil y vulnerable, y a la vez fuerte y
resistente. Había entrado muy recientemente en mi vida, pero se
sentía como que la había conocido durante años.
Era extraño el modo en que me sentía
sobre cómo ella me escuchaba y trataba de despejar mi mente después
de mi tempestuosa explosión. Estaba agradecido, pero al mismo
tiempo, estaba enfadado con ella. Dentro de la sala de música, me
había escuchado dar mi pasión por la música. Escuchó hasta que el
agotamiento y el sueño le robaron su atención de mí. Tumbada en el
banco de madera con almohadones dentro de la sala de música, ella
era un festín que observar, con su vestido cubriendo esas largas,
pálidas piernas suyas, sus mechones de cabello rojo en cascada caían
por la orilla del banco y sus labios rosados ligeramente apartados
mientras respiraba. Mi estómago se revolvió simplemente al mirarla,
preguntándome en qué estaría pensando que le permitiera ser tan
vulnerable alrededor de una criatura como yo, una que podría perder
el control en cualquier momento y arruinarla completamente.
Pero de alguna forma, dentro, sabía...
sabía que nunca podría dañarla de esa forma, simplemente porque yo
nunca sería capaz de perdonarme por ello. Puede que no tuviera
suficiente autocontrol para dejar de alimentarme de otros, pero con
Lali, no podía permitirme perder el control. Se había convertido en mi principal vínculo con
la humanidad y estaba claro para mí que su ruina sería mi ruina.
Por tanto, con cuidado la agarré entre
mis brazos, totalmente consciente de la cantidad de piel de su cuello
y hombros que estaba expuesta ante mí y cuánto quería probar un
poco de ella. Sin embargo, era fácil para mí retractarme. Ella se
las había arreglado para hacerse muy preciada para mí incluso como para pensar en la
destrucción.
La dejé en la cama redonda cubierta
con lino rosa y piel blanca. Había una sonrisa en mi cara mientras
salía de su habitación. Con Lali, se sentía como que había
encontrado mi brújula. Sabía que mientras la tuviera, tenía a
alguien para mantenerme en el suelo, alguien que dirigiera mi camino.
Solo con Lali, tenía una razón por la que estar despierto.
No teniendo ninguna deseo —o
necesidad— de perderme en el sueño, volví al salón y descubrí
cómo ver las “películas” que me había presentado. Estaba
alucinado por los aparatos que la humanidad había conseguido crear
durante los años. Nunca los habría imaginado posibles en mi día.
Pasé casi todo el resto del tiempo
viendo una película tras otra, movido por las historias y las vidas
reflejadas. Tuve que recordarme durante varias veces lo que dijo
Lali: no era real, solo actores representando un papel, como en los
teatros de nuestro tiempo.
Estaba de buen humor cuando llegó la
mañana y fui ágil a echarle un vistazo a Lali. Por lo tanto, cuando
llamé a su puerta, no esperaba ser respondido con silencio. Llamé de
nuevo. Nada. Mi corazón se disparó, seguro de que a pesar de mi
cuidado, ella había tratado de escapar una vez más. Abrí la puerta
y miré alrededor de la habitación. El olor de la sangre invadió
inmediatamente mis sentidos y me sorprendí al descubrir que mi
primer instinto no fue hambre, sino una
embargante sensación de comprobar que Lali estuviera bien.
Una emoción a la que no estaba muy
acostumbrado me asaltó cuand o la vi. Era una extraña mezcla de
alarma, preocupación y protección.Estaba sentada en una esquina de
la habitación,temblando mientras sujetaba sus piernas fuertemente
contra su pecho. Sus Lanzani marrones desvelaban total y absoluto terror.
Sabía que algo estaba increíblemente
mal, pero no podía ni siquiera empezar a imaginar lo que podía
haber pasado para causar tal reacción por parte de ella.
—¿Lali? —pregunté, preocupado.
Me arrodillé delante de ella y traté
de apartar su cabello de su cara. Ella se encogió ante mi tacto, un
cruel contraste ante cuán cómoda y segura estuvo conmigo la noche
anterior cuando voluntariamente se había apretado contra mí en el
sofá del salón y mientras estaba tocando el gran piano.
Un enfermizo pensamiento se formó en
mi estómago mientras una posibilidad tras otra venía a mi mente. No
podía entender qué le estaba causando estar así.
—¿Qué ha pasado, Lali? —le urgí.
Sus labios temblaban muchísimo, estaba
seguro de que no podría entender una cosa que saliera de su boca
incluso aunque decidiera responder mi pregunta. Ahí fue cuando me di
cuenta de algo que ella estaba agarrando con su tembloroso puño
derecho. No quería hacerlo, pero no importaba cómo se encogió, forcé su mano,
desesperado por saber qué estaba pasando. Era un mechón de cabello
rubio. Mis cejas se juntaron. Justo entonces, uno de los guardias
entró a través de la puerta abierta.
—¿Señor? —habló.
—¿Qué? —pregunté, sin molestarme
en mirarle.
—Una de las chicas, Mery. Ha
desaparecido.
Mi mandíbula se tensó y mi estómago
se encogió cuando me di cuenta de lo que podría haber pasado.
Instintivamente, caminé hacia el baño de Sofia dándome cuenta de
que ya estaba abierto. Empujé la puerta para comprobar el interior.
Rabia que no había sentido en un largo tiempo empezó a consumirme
ante lo que vi.En una piscina sangrienta de agua,descansaba el
cuerpo sin vida de Mery en la bañera.En sus muñecas había marcas
de mordiscos.Alguien la había mordido hasta morir.
Era un ataque deliberado hacia mí y
una amenaza evidente para Lali.El guardia, que estaba justo detrás
de mí, jadeó audiblemente ante la vista.
—Se suponía que tenías que vigilar
a las chicas. ¿Cómo ocurrió esto?—pregunté, desesperadamente
controlando mi temperamento.
—Señor, yo... no sé... yo...
Me moví rápido y lo arrinconé contra
la pared, enfurecido por su falta de responsabilidad. Miré dentro de
sus ojos y vi un aire de dignidad ahí. Al contrario que el guardia,
Rasposo, al que había matado hacía no mucho, este no estaba
dispuesto a suplicar por su vida. Sabía que era inocente y yo lo
sabía también.
Di marcha atrás y aflojé el agarre
sobre él.
—Quienquiera que hizo esto, morirá.
Consigue todas las fuentes necesarias para averiguar quién podría
haberme insultado de esta forma.
Caminé hacia Lali e,ignorando sus
intentos de alejarme, la agarré en mis brazos y la saqué de la
habitación. No sabía a dónde llevarla pero estaba malditamente
seguro que no podía simplemente dejarla allí. Una vez se dio cuenta
de que no iba a dejarla ir, se relajó en mis brazos y enterró su
cara contra mi pecho antes de dejar ir las
emociones que había retenido en su interior. Lágrimas empezaron a
marcar su encantador rostro y yo no quería nada más que matar a la
persona que la puso en esto.
Sin embargo, había una verdad que yo
me seguía negando: solo había una persona en la Sombra de la Sangre
que se atrevería a rebelarse contra mí
poniendo una artimaña como esta.
Benjamin.
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